12 dic. 2011

Que se calle la muerte,

que sordo se adormezca

el vino noble de la piedra,

que se callen las sombras,

la tarde impenitente calle,

la luz última

del último mar,

que su aroma se ofrezca

más allá del fuego,

aúlle el niño, mienta la madre

y los cuerpos se sucedan,

que acabe breve el camino,

la bondad de los años

en su desvarío se temple,

el cálido temblor de las voces

deje su huella en las ventanas

y cieguen los ojos

antes del desencuentro,

que el dolor inmisericorde,

el desvelo, el infortunio

otorguen, al menos, su consuelo.

Sea en su último destierro la vida

un lento abrazo encanecido,

sienta el rumor mineral de la tierra

bajo las ascuas y crezcan

las ramas blancas de la mañana.


La arena, XCV, 2007

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